Usted
nos ha elegido. Sabemos de su acierto, también de su disposición al
buen comer.
Sin embargo es probable que no sepa donde está sentado. Trataremos
de ubicarlo.
Vamos a meternos en la historia de esta esquina de Méjico y Perú.
En tiempos de Juan de Garay, aquí terminaba la primitiva Ciudad de
la Santísima Trinidad
de Santa María de los Buenos Ayres. Doce cuadras de largo de Norte
a Sur por Seis de Este a Oeste,
era el asentamiento y nuestra esquina, como dijimos, el límite sur
ya que más allá se extendía el arroyo ¨Tercero del Sur¨ y comenzaban
las tierras bajas y anegadizas.
Es bueno que sepa a quién le fue asignado el predio en el momento
de la fundación.
El agraciado resultó ser don Juan Dámaso Ruiz, arcabucero de la Escuadra
Real,
que, como buen salamanquino que era, sintió nostalgias por su terruño
y se volvió
sin completar la casa de adobe y barro que había empezado a levantar
de a ratos perdidos.

Ignoramos
qué pasó con la obra que Don José dejó incompleta y quien la ocupó
después.
La información se nos pierde en el tiempo hasta que damos con don
Antonio de Paula Sánz,
quien en 1781 edifica en el lugar una casa de ladrillos y techos de
tejas
con dinerillos prestados por su hermano Francisco, por entonces el
primer intendente porteño.
La casona, al estilo de la época tenía tejas voladas y vigas de madera,
se la conoció por ¨la Quinta de las Albahacas¨ debido al apetitoso
perfume que las plantitas
dejaban escapar desde la huerta que nuestro buen hombre cuidaba con
esmero.
En sus espaciosas y frescas piezas, se vivieron importantes hechos
de la Historia del Buenos Aires
que iremos relatando a su turno, hasta que la piqueta le cayó encima
a mediados del siglo pasado.
Pero, tiempo al tiempo, antes veremos quiénes eran nuestros vecinos
de entonces.
En el 510 de Perú, vivía el creador del Himno Nacional, don Vicente
López,
Pedro Goyena en el 534 y Prudencio Rosas, hermano del Restaurador
en el 611 de la misma calle.
Otros fueron Sarratea, Quiroga, Ramos Mejía, Luis Sáenz Peña, Zamudio,
Segurola, etc…etc…
Pero volvamos a la esquina, a casa como quien dice, donde ahora tratamos
de satisfacer
su buen apetito. Por un momento vamos a situarnos en el 21 de Noviembre
de 1814.
En el parque Lezama en duelo a sable y por razones que ellos sabrían,
el general Carreras mandó al otro mundo al chileno general Mackenna.
Todo en buena ley y con las normas de estilo en estos casos.
Pasado el asombro que causara la noticia, se decide velar el cadáver
del trasandino
en lo que hoy es el sitio que ocupamos. Esa noche como el finado tenía
buenos amigos
por estas tierras, se llegaron a esta esquina en tren de pésame
Rivadavia, el Alte Brown y Cornelio Saavedra entre otros apesadumbrados
personajes.
Ahora estamos en 1836, Cuitiño, el Jefe de la Mazorca anda a la caza
de ¨inmundos y salvajes unitarios¨ afilando el facón, por si los pilla...
Nuestra esquina se ha alquilado a un ¨tambo¨ o colectividad negra,
llamada Sociedad Minas,
una de las tantas que aturdían las noches del barrio, con sus candombes
y tamboriles
y que fueran el terror de los madrugadores de antaño. La crónica dice
textualmente:
¨7 deJulio de 1836, concurrió al Tambo de Minas,
el Exmo. Señor Gobernador, Gral Don Juan Manuel de Rosas,
con uniforme y condecoraciones de gala, acompañado de su hija Manuelita
y dos amigas de la niña,
señoritas Juanita Sosa y Dolores Marcet. Aclamado que fue por los
presentes,
cenó en compañía del Rey de la Sociedad y brindó a los postres en
salud de todos…
Sobre la medianoche y entre vivas de los allí reunidos se retiró a
los Santos Lugares...¨