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12 de junio de 2004

Luz y sombra, día y noche, ciclos de mayor o menor oscuridad son cuestiones vitales a las que, en todos los tiempos, se les ha prestado atención. Vinculados a la agricultura y a la alimentación, los solsticios determinaron que los pueblos seleccionaran espacios, se asentaran y organizasen en función de la luz solar.

Durante el verano -estación ligada a la producción- es cuando la tierra concibe
más frutos y genera fantasías, ritos, mitos y costumbres. Desde siempre, la fertilidad se celebra, multiplica y extiende a diversos campos, reinos y esferas. El universo entero se advierte fértil y pródigo,a pesar del esfuerzo y la plegaria,
imprescindible, del ser humano que se reconoce integrante de la naturaleza. La abundante mitología, existente desde épocas remotas, da cuenta de la forma en que la humanidad ha rendido culto a la génesis de la vida.

Desde hace ya algunos años, la Casa de la Cultura Vasca en Buenos Aires actualiza, en Moreno 1370 -sede del Centre Basque Français- la milenaria celebración del solsticio de verano que, en el hemisferio norte, se lleva a cabo para estas fechas. Los inmigrantes europeos trasladaron sus fiestas a nuestras tierras sin modificar el calendario de las mismas. De tal manera que, ahora, la celebración coincide -allí comienzo del verano y aquí del invierno - con la noche de San Juan/ 24 de junio. En las regiones vascas y antes de las festividades cristianas, la fecha hacía mención al aquelarre o, a lo que luego se dio en llamar, NOCHE DE BRUJAS. La celebración del macho cabrío (AKER) como exponente máximo de la virilidad generadora de vida, quedó vedada en la comunidad cristiana. Los transgresores, que insistían en continuar con ese festejo, fueron considerados celebrantes de la Noche de Brujas.

En Buenos Aires, hoy sólo es un motivo más para reunirse y estar juntos. Por programación, la convocatoria se desplazó a esta muy fría noche de sábado 12. Hacia las 20.30 nos encontramos con la exquisita alubiada que nos sirven los organizadores del insólito evento, Juan Carlos y Norma. Ambos pueden hablar de brujas y del prado del macho cabrío hasta que las velas ardan, pero se limitan a proporcionarnos el cálido plato de porotos que han sabido preparar, a destacar el conjuro de la medianoche y a otorgarnos el placer de degustar el famosísimo zurracapote típico del país vasco. La bebida, que sólo catamos,
más que una excelente preparación alcohólica, nos parece un elixir delicioso.

Los hados nos han permitido confluir en este estrecho recinto con vericuetos, que evoca madrigueras, ocultos socavones y terraplenes inauditos. Reductos que fueron escondites para mantener vigentes aquellas iniciáticas y prohibidas celebraciones. En nuestro siglo XXI, donde el desenfado y la desnudez son espectáculos cotidianos, la gran novedad de esta noche ha sido compartir un recóndito espacio porteño entre quienes aún mantenemos vivas las propias
raíces europeas. No obstante algunas imprecisiones, las fotografías muestran
la urbanidad y buenas costumbres de todos -presentes embrujados- cuando
hacemos gala de cordialidad y diálogo afable.








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