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| MIERCOLES 21 de Enero de 2009 |
| La búsqueda del tesoro de Le Clézio |
| Silvia Hopenhayn Para LA NACION |
| http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1091766 enviá tu comentario |
La magia de la soledad puebla la tierra de fantasmas", escribe J. M. G. Le Clézio en Viaje a Rodrigues , recién publicado junto con El buscador de oro < /i> , dos novelas que condensan recuerdos -propios y de sus antepasados- de viajes a las islas Mascareñas: Mauricio y Rodrigues. La soledad parece ser condición del descubrimiento, por lo menos para el abuelo del narrador, quien parte en el navío Segunder, del capitán Bradner, hacia costas desconocidas. Lo que busca no es menos enigmático que su propio origen. Expulsado de su casa, se dispuso a descifrar mapas, resolver cálculos e inventar una suerte de lengua -"la palabra de su mito"- para hallar un tesoro corsario y, con él, reparar secretamente su identidad dañada en el seno familiar. El narrador de esta historia sigue las huellas de su abuelo hacia atrás, en busca de una causa, de un deseo. "El provenir, este irritante enigma, me aburre. Pero elegir el propio pasado, dejarse flotar en el tiempo ya transcurrido como levantado por una ola, tocar en el fondo de uno mismo el secreto de quienes nos han engendrado: eso es lo que permite soñar, lo que da paso a otra vida, a un flujo refrescante. De allí que ¡por un instante, en este paisaje mineral, con ese viento, ese sol, esa luz, fui el que buscaba! No ya yo, ni mi abuelo, sino el corsario desconocido." La aventura cobra entonces otra dimensión: el tesoro escondido está en el corazón del aventurero y lo que importa es develar ese misterio. Por eso el mar es tan importante, por su carácter insondable. No se trata aquí de acaudaladas vacaciones en el océano Indico, el mar de Le Clézio es salvaje, es el de los piratas y corsarios, el mar de las quimeras. Tras los pasos de su abuelo, el narrador se confronta con lo desconocido de sí mismo, pero, al mismo tiempo, reconoce un sentido oculto. "Lo que me turba aquí, en la soledad de este valle, es el sentido oculto que mi abuelo supo descubrir y que entonces convertía cada parcela de este lugar en algo ardiente y verdadero. ¿Qué había en aquel tiempo que yo no podía encontrar por completo? Ahora, errante tras sus huellas, intento en vano percibir qué le hablaba aquí, sólo a él, qué le decía cada una de estas piedras, cada uno de estos bloques de lava, cada aspereza del suelo, el dibujo de los afluentes secos en la arena del río Roseaux." Le Clézio, por medio de una escritura sensual, detallista e indagatoria, no pretende realizar un cuadro exultante de la naturaleza; sus libros están lejos de convertirse en ficción exótica de tierras remotas. Más bien trata de asir con las palabras el goce que surge frente al deslumbramiento, esos "momentos de exaltación brotados de la eternidad". Sin fijezas, como la del capitán Ahab con la ballena blanca, plantea un itinerario móvil, está dispuesto a dejarse llevar por señales del entorno que demarquen su anhelo. Hasta que se pregunta, "¿sería, después de todo lógico cargar en la cuenta del azar lo que constituye una indiscutible prueba de identidad?". A diferencia de otros escritores, propensos a deambular por el mundo, Le Clézio lo hace hilvanando signos de la naturaleza y de distintas culturas que le permitan escribir (crear) una historia de sí mismo. |
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