![]() | ![]() |
Marcelo A. Moreno
mmoreno@clarin.com
Ahora lo llaman
el juez del bochorno. El escándalo con el conjuez de Córdoba
deviene de que haya considerado la explosión de Río Tercero
un accidente, no de que haya sacado información de un sitio desprestigiado
de Internet. Y el problema con el magistrado es que metió la pata
magistralmente.
A rincondelvago. com los usuarios no acuden para estudiar, saber o consultar.
Van a copiarse, a machetearse. Un final escrito puede "salvarse"
con un extracto tamaño XL de algunas de las monografías que
allí se pueden encontrar. ¿El método? Copiar y pegar.
Entonces ya a nadie le importa si Estévez extrajo información
genuina: el sitio lo contamina con su pecado de origen. Eso en la superficie
tempestuosa de las aguas.
El mar del fondo es la
revolución silenciosa que Internet está operando en el campo
del conocimiento: un tsunami que pone patas para arriba
la cuestión de la autoridad intelectual.
Sucede que Internet conformó una estructura horizontal, mutable, absolutamente democrática, anónima, que late en un tiempo provisorio y carece de jerarquías. Y esa estructura es casi opuesta a la de la universidad, estratificada, calificada, cuantificada, titulada, meritoria por acumulación, rígida y vertical en sus jerarquías.
En Internet se juega otro saber que tiene mucho que ver, justamente, con el juego. Y allí todo vale, lo mismo un burro que un gran profesor. La enciclopedia que más se consulta —Wikipedia, por demás confiable—está urdida por usuarios anónimos de la red. Es decir, que el artículo sobre las partículas subatómicas pudo haberlo escrito un fiambrero o un cartonero: no importan las cucardas académicas, el relumbrar de un curriculum; importa la calidad del material informativo.
En la Edad Media los filósofos solían debatir por medio de autoridades del saber. Se suponía que cuanto más antigua, mejor. Y si utilizaban citas de Platón o Aristóteles para apoyar su tesis, mejor que mejor, ya que pasaban por indiscutibles. A pesar de que la práctica era de rigor entonces, aún hoy solemos toparnos con ensayos en los que es necesario descubrir un hilo argumental entre una selva de citas que pretenden prestigiar con nombres célebres un razonamiento que quizá vacile en caso de andar sin ayuda.
Del genial
pensador Macedonio Fernández, su discípulo Jorge Luis Borges
indica que "la erudición le parecía una cosa vana, un
modo aparatoso de no pensar". Cuando alguien le hacía notar,
por ejemplo, que Cervantes había escrito exactamente lo contrario
de lo que él le atribuía, Macedonio, imperturbable, respondía
como al pasar, antes de seguir con su argumentación: "Eso lo
escribió para quedar bien con el comisario". En otras ocasiones,
sostenía que Spinoza había estado distraído al asegurar
algo que él desaprobaba. Es decir, le
negaba el derecho a cualquier autoridad para obturar el fluir de su reflexión.
Quizá la aún impensada revolución
de Internet traiga nuevas maneras de pensar. Y así
las formas de la reflexión se vuelvan más macedonianas, aligeradas
de inútil pompa y acartonamiento. Al fin y al cabo se puede acordar
en que la filosofía nació en Jonia, allá por el siglo
VI antes de Cristo y la estrenaron los presocráticos, señores
sin otra ocupación que la de meditar. Tan lúcidos
y vagos consecuentes, en fin, como los que acuden presurosos
a rincondelvago.com.