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En una fuerte y amarga
denuncia social, el Vaticano afirmó ayer que las prostitutas sufren
"la esclavitud", los chicos de la calle son el reflejo de la misma
sociedad que crea este fenómeno y que los linyeras y otra gente sin
casa donde refugiarse, "experimenta en su propia piel una condición
de pobreza contra la cual hay un creciente fastidio social".
En el documento "Orientaciones para la pastoral de la calle", publicado ayer por el Pontificio Consejo para los migrantes e itinerantes, estos tres fenómenos son estudiados aparte. Destaca que es necesario poner en marcha una gran iniciativa pastoral "para ayudar a víctimas y clientes de la prostitución a liberarse de esta verdadera plaga social", que debe ser superada "con un verdadero cambio cultural".
Como en el resto del documento, las "Orientaciones" no auspician procedimientos punitivos contra las prostitutas sino "caminos educativos" que "lleven a los sujetos interesados a cambiar de vida". En cuanto a los chicos de la calle, el Vaticano sostiene que "ninguna sociedad del mundo, civil o religiosa, se puede lavar las manos de la condición de los chicos de la calle, que reflejan a la misma sociedad que crea tanto malestar".
El fenómeno crece
en las sociedades modernas y es alarmante, señala el vademecum. "Representa
uno de los más importantes desafíos para la Iglesia y la sociedad
civil". La situación de los chicos de la calle es muy diferenciada
y obliga a una pastoral que tenga en cuenta situaciones muy distintas. El
peor problema
"no es la miseria o la toxicodependencia, el VIH/Sida o la prostitución,
cuanto la muerte del alma", afirma el Vaticano.
"Con demasiada frecuencia, son chicos que, aunque están
en la plenitud de su juventud, han muerto por dentro".
En las sociedades modernas "los pobres no conmueven más, hay
hacia ellos una actitud de fastidio creciente".
"Los pobres que viven en la calle, especialmente extranjeros e inmigrantes, casi siempre privados de documentos de identidad, se convierten en una multitud incapaz de defenderse y de encontrar recursos para mejorar su propio futuro".
Los operadores pastorales
de la iglesia deben ocuparse especialmente de renovar su compromiso con
estos pobres y garantizarles una sepultura cuando mueren "tras haber
sufrido una pobreza y soledad inmensas durante la vida", concluye
el documento vaticano.