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En
enero el barrio descansa: de gente, de motores
y de reclamos.
En la Plaza de Mayo, asistencia obligatoria para las
palomas. Y para los turistas, cámara digital en mano, el circuito
histórico ineludible.
En la Plaza del Congreso el monumento central luce
puesto a nuevo. Ahora es el turno de la fuente y sólo los chicos
del barrio, decididos bañistas entre faunos y querubines, añoran
juegos y zambullidas y lamentan el cerco que parece instalado para su
pesar, por largo tiempo.
Han enmudecido los reclamos populares, vacaciones para todo el mundo.
A la vera de la plaza, los restaurantes con mesas al
aire libre ofrecen un remanso nocturno compartido con placer. Sin muros
cercanos, el verdor, embellecido por las sombras, aporta un paisaje que
agradecen los comensales instalados en las veredas.
Además, desde el teatro Liceo, las luces de
la cartelera agregan encanto a la plaza próxima.
En febrero ya no lucirá el mismo clima festivo
por eso esta noche nos largaremos a la calle a disfrutar de la plaza vecina
cuando luce como un parque, decididos a desplegar nuestras buenas intenciones
para compartir una ciudad sin prisas, con pausas, respiro y alivios.
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