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El índice
per cápita islandés es el quinto del planeta y ronda los 41.700
dólares por habitante (el de la Argentina, a fines de 2007, según
el Banco Central, era de unos 7.300 dólares).
La expectativa de vida es una de las más altas del mundo.
Islandia no tiene ejército; tiene, en cambio, un nivel eximio
de educación estatal y un servicio de salud también
público de primer nivel.
Sobre un suelo volcánico entre poco y nada propicio para la vida vegetal y animal, en fin, para la vida, sus 313.000 habitantes la pelean duro contra un clima que provee inviernos sombríos y feroces y veranos que son inviernos suavizados.
Pero no la pasan mal los islandeses: creadores de notables sagas vikingas, son adictos a la lectura. Reykjavik, la capital del país, se enorgullece de sus librerías. Además, tienen muchos hijos, la tasa de natalidad más alta de Europa. Sus mujeres son muy independientes, han logrado un envidiable estatus de igualdad y en porcentaje son las que más trabajan fuera de la casa.
Y se divorcian: los islandeses tienen un altísimo índice de divorcios, lo cual transforma a las familias en aglomeraciones de hijos con padres y madres diversos y dispersos, cosa que, al parecer, no les empobrece o les entorpece la vida parental.
En Islandia casi no hay delito: los pocos que se producen se deben a problemas mentales; es que hay que estar un poco del tomate para delinquir en una sociedad justa y equitativa. Eso que se entiende en El Salvador, Perú o nuestro conurbano carece de explicación allí.
Dicen que en la isla el aire es cristalino. Y en eso se parece un poco a este suave otoño porteño que nos regala toneladas de luz radiante. Sólo que por las noticias que llegan de Islandia, sus habitantes parecen integrar una especie de mutual o sociedad de socorros mutuos. Y entre nosotros, en medio de una situación únicamente en el clima más benigna, andamos hostiles y lapidarios, como mostrando los dientes.