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| Rigurosamente incierto A esta altura... |
| Norberto Firpo Para LA NACION |
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En el transcurso de la perdularia crisis financiera, y cuando caía en descrédito la teoría de que el sistema capitalista es básicamente fi lantrópico, mucha gente ha debido apechugar infinita cantidad de sesudos pronósticos, todos ellos vertidos por gurúes nihilistas, a cual más fachatosta, orientados a entrever qué rumbos tomará la economía globalizada, de aquí en adelante y quizás hasta el siglo veintiocho. A propósito: aquí conviene detenerse en una reflexión formulada por el analista de mercado Crisálido Peribáñez, un experto en asuntos de ganadería (como se recordará, autor del axioma "Nadie pretenda que un semoviente se quede quieto") y, por si fuera poco, prestigioso banquero desde que, gracias a él, el blanqueo de divisas dejó de verse como una actitud racista. Según Peribáñez, hay una manera práctica y cómoda de advertir cuán despistados, antojadizos y/o bartoleros son esos gurúes y hasta qué punto experimentan sádico solaz sembrando pánico a troche y moche. ¿Cuál es esa manera? "La crisis que sacude a la pobre humanidad encuentra morbosos compinches en esos pájaros de mal agüer o que tanto pululan." Por suerte, resultan fáciles de identificar, porque a cada rato utilizan dos palabritas que cabrían, más apropiadamente, en un trabalenguas: una de tales palabritas es "volatilidad" y la otra es "intangibilidad". Cuando alguno de esos sórdidos chantapufis se reconoce en figurillas y no sabe cómo confundir al prójimo, se las ingenia y construye frases alusivas a la volatilidad de la economía y a la intangibilidad de ciertos recursos, a menudo provenientes de individuos que pagan puntualmente sus impuestos y así satisfacen la gula del erario público. A esta altura del año, Peribáñez se pone un poco melancólico, levemente chusco, y echa a rodar sentencias que para nada encuentran vínculo con temas de su especialidad y sí, notoriamente, influenciadas por el hecho de peinar canas y ostentar una edad ya imprudente, que empieza a pesarle como una culpa. "¡Déjense de jorobar! -rezonga, casi con la vehemencia que lucía en sus años mozos, cuando era compadrito, picaflor y anarquista-. La única volatilidad ciertamente grave es la del tiempo, que se nos escurre con premura intangible, como bien definió el británico John Boynton Priestley, el dramaturgo de El tiempo y los Conway . La otra volatilidad, de naturaleza trucha, deviene de mezquinas conductas globalizadas, ebrias de codicia? Caramba, este 2008 se me ha pasado volando, casi al ras de mi vida. En serio, creo que nada debería preocuparnos tanto como la rauda y evanescente volatilidad del tiempo. De manera que, si me permiten, ¡feliz Año Nuevo!" |
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