La
tarde se escurre perezosa. En la plaza, remedo local de
Caminito, los chicos juegan, corren con la pelota, se hamacan
o intentan marcar sus huellas en el amplio arenal. Los vecinos
charlan alrededor de las mesas. Hay bebés que duermen con
el
fresquito y algún rezagado aprovecha tendido sobre el césped
el último sol del día.
Tarde de Carnaval languidecida. En la linda plaza de Montserrat
ubicada en el centro del cuadrilátero barrial chicos, grandes,
y
alguna visita demorada aguardan el programa de festejos
anunciados, que se retrasa.
No cualquiera puede disfrutar de una plaza que atraviesa una
manzana poblada, se apropia de dos tajadas para asomarse a
la calle San José al oeste y por la perpendicular al norte
al
asfalto de México. La plaza de Montserrat es un lugar
amablemente habitable, con espacios generosos, árboles,
juegos para chicos, mesas y bancos para grandes. Todo entre
muros ocres y ladrillos y ventanas donde de vez en cuando se
asoma algún vecino. Además, un patio grande, para
usos
múltiples.. según designación actual.
Ya se instalaron kioscos donde se venden golosinas, máscaras
y lindas muñequitas negras vestidas como las mulatas
tradicionales: polleras anchas y pañuelos.
Danzantes de Brasil, Ecuador y Colombia ponen animosos bailes
y tambores. Se les unen algunos asistentes entusiastas
mientras los integrantes de la Batea de Tambores de
Montserrat, uruguayos y argentinos que cerrarán el acto
con
un animado candombe, calientan los parches en la esquina.
Arde una fogata junto al cordón de la vereda y la rodean
los
tambores inclinados hacia ella. Hay que esperar, algunos
impacientes abandonan la escena. La mayoría acepta el
intervalo, acompaña la ceremonia inusitada junto al fuego
y
oficia después de cortejo hasta la plaza para el gran cierre.