Y
se armó la fiesta aunque no haya nada para festejar. El
escenario lo
pone el barrio.
El domingo la Plaza del Congreso se llenó de familias-
hasta con bebés
y cochecito incluido que nunca faltan en las aglomeraciones- para
asistir
a la curiosa fiesta del campo. Las atracciones máximas:
los pingüinos y
el toro inflables ya no estaban. Las razones de la desaparición
tuvieron
distintas explicaciones. “Se los llevaron durante la concentración
del
miércoles” “¿Quién? El que los
puso”. “Se desinflaron solos”. “Los
quitaron para evitar confrontaciones”.
En cada una de las carpas más cercanas al Congreso se repartían
folletos, hojas, boletines que en general descalificaban al otro,
pero sin
arrebatos visibles. Más allá, algunos adoptaban
una actitud distante: “ni
éstos ni aquéllos”. Y en la carpa ruralista
se amontonaba el público para
poder ver en tercera dimensión a alguna de las “estrellas”
del campo.
Pero todo en paz, con clima de alegría y buen humor. Charlas
y videos
entre mateadas y canciones.
Un grupo hacía fila en los baños químicos
mientras otros deambulaban
sin rumbo fijo. La mayoría aceptaba los papeles que les
ofrecían y
algunos se quedaron de entrada con la lectura de los carteles,
numerosos, semi escondidos entre banderas flameantes. “Patria
o
muerte”, “Estamos con el campo cultural” “Evita
vive”.
Unos pocos kioscos ofrecen golosinas, algunos cafés cercanos
hacen
su junio y en la linda tarde de invierno el edificio del Congreso
pone
fronteras a esta incomprensible fiesta a la criolla. Sigue y así
será hasta
muy tarde con zambas y chacareras, más canciones y menos
papelería.
En la tarde hecha ya noche brilla un cartel: ”Que los trabajadores
no
paguemos los platos rotos” .