Ladrillos prolijos coronados de verde tapizan las paredes
del corredor.
Puertas de madera sólidas a un lado y otro y cualquier
imprevisto, sin
orden ni réplica: falsos balcones, cúpulas engañosas
y extraños círculos
luminosos armados con llantas de viejos Ford T, cemento y
cristales que
aparecen de repente en techos, muros y pisos.
En total
30 departamentos, planta baja y dos pisos desiguales donde
nada se repite. No hay una sola vivienda que tenga igual diseño
que la del
vecino. Casas de dos o tres ambientes asomados a un patio
recibidor que
juega de zaguán. Materiales nobles dentro y fuera de
las casas, puertas
de roble y escaleras de mármol.
Mary y
Carlos, propietarios de una de las viviendas en este singular
edificio de Montserrat, son los gentiles anfitriones que nos
atienden. Con
ellos trepamos hasta la terraza, pasamos por pequeños
corredores,
encontramos puertas sin orden, saludamos a un vecino y sabemos,
mientras tanto, que todo ese desorden armónico que
nos une en la charla
atrae a los estudiantes de arquitectura de la Universidad
de Buenos Aires
que desfilan de continuo por el lugar.
“Soy
una especie de cicerone –dice Carlos- que más
de una vez ofició de
guía de turismo por el edificio”.
Donde
hubo un antiguo conventillo, el señor José Pezzoni
construyó, en
1943, estos departamentos únicos en la ciudad, asegura
Mary que vive
aquí desde niña. “Dicen que son singulares
porque fueron diseñados a la
vez con un estilo clásico español, con líneas
góticas, a lo Gaudí, una
diversidad en armonía, si así puede afirmarse”.
El frente
del edificio –México al 1600- fue construido
con piedra de Mar
del Plata, rejas, balcones curvos, faroles y una gran portada
de hierro que
da paso al zaguán con cerámicas y plantas decorativas.
De allí, tras la
puerta cancela de cristal sigue el largo corredor con verdes
generosos que
incluye un rosal de la China tan antiguo como las casas que
por ahora
aporta ramas y en primavera estallará en rojos.
También
hay un reloj grandote, vigía desde el zaguán,
que comparte
edades con paredes y maderas y marca con cierta melancolía
la hora de
dejar esta atractiva casa de Montserrat.