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EDITORIAL
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Blanco en Montserrat
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Por
la Lic. Rosa Galzerano
Responsable
de la publicación gráfica
aquí Montserrat
y de la presente
página del barrio.
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Durante
mucho tiempo, el barrio Montserrat fue blanco de diversas calificaciones
por las que, probablemente, hasta lo desterramos de nuestro lenguaje
cotidiano.
Desde la óptica de simples vecinas, y a modo de ensayo,
nos permitiremos departir algunas observaciones sobre el tema.
Es humano, demasiado humano, que las contradicciones, desacuerdos
y conflictos
los borremos para ahorrarnos el trabajo de dilucidarlos. Entender
y comprender, nos exige esfuerzo, y a diario, ya afrontamos miles
de ocupaciones; el tiempo es oro
y se hace lo que se puede. Y así, con la premura
constante del trajinar, insistimos
en construir y solidificar los prejuicios, inhibidores
por excelencia, de la aceptación de cuanto hay y existe
por sí mismo en el mundo.
El barrio en el cual estamos, fue, en principio, donde se instalaron
los fundadores
de la ciudad, y donde se llevó a cabo la vida social de
la gran aldea porteña. Las casonas que aún existen,
y se resisten a la degradación del abandono, muestran algunas
características de la vida de quienes las habitaron en
otras épocas. Cierto
es entonces, que en nuestro espacio barrial actual se encontraban
las viviendas
de prósperos trabajadores y ricos comerciantes, terratenientes,
nobles europeos y gobernantes. No obstante, el barrio se perfiló
por la identidad de sus más humildes
exponentes: los esclavos negros. Las grandes casas patricias necesitaron
de una
muy nutrida servidumbre que ocupó, en el ámbito
doméstico, los amplios fondos de
las viviendas y, socialmente, creó las comunidades de las
NACIONES NEGRAS.
La impronta Monserrat Barrio de Negros rescató
a los fieles servidores que nos legaron un típico ritmo
y una de las canciones de cuna más familiares y porteñas:
el Arroró mi niño. Hoy, mediante
la musicalidad del canturreo, el arrullo de las nodrizas
negras sigue vigente, aunque es anónimo
y de origen desconocido.
Todo pasa y todo queda, y así como pasó
la esclavitud legalizada, hoy admitimos
que el barrio Montserrat es de todas y de todos, sin exclusiones
de ninguna índole.
La inclusión total, más que una realidad concreta
todavía sigue siendo, apenas, una incipiente expresión
de deseos, pero los deseos tienen VALOR. Toda manifestación
muestra y contribuye a construir esa realidad que queremos: espacios
compartidos
y lugares para quien sea.
Montserrat barrio de buenos aires
incluye a negros, blancos, rojos, amarillos
y del color que posean, en una muy firme convicción de
reconocimiento y respeto
a la diversidad de cada cual. Los prejuicios aún
existen, pero una mayor apertura
también. Creemos que tanto aquí como en otras partes
del universo, la aceptación
y la flexibilidad de criterios irá en aumento. Esta red
de redes contribuye de manera exponencial a ese objetivo tan soñado
por idealistas de todos los credos.
Celebramos que la recuperación del barrio se haya intensificado
y que numerosas acciones reparatorias, privadas y oficiales se
hayan llevado a cabo. De manera independiente, o en forma conjunta
se ha tendido a trabajar en objetivos similares.
Los resultados del quehacer colectivo, tangible e intangible,
ya están a la vista.
Una de las más incontrastables evidencias actuales pudimos
corroborarla cuando participamos -en el último mes de noviembre-
en la presentación de las obras de
restauración de la Casa Museo Fernández
Blanco.
La realización general, y los detalles que se destacaron,
pusieron de manifiesto las artes propias del lugar,
tanto como las del equipo de trabajo de la Arquitecta María
Rosa Martínez. La realización de la puesta en valor
trascendió lo meramente material y se inscribe
dentro de un conjunto significativo a considerar. La ciudad, el
barrio y el planeta
nos reclaman y a nadie puede excluirse, porque nuestra unión
es imprescindible.
Un cordial saludo y...¡ Muy buen año 2008 para
todas y todos !
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Casa
Museo Fernández Blanco ver - Álbum fotográfico
y textos -... |
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EDITORIAL
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Montserrat rescatado del olvido
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Ya se sabe que la ciudad es una historia. Podríamos convenir
que el barrio -ese
fragmento de ciudad- es un conjunto de recuerdos más
o menos delimitados en
un espacio más afectivo que geográfico. El olvido
carcome sus cimientos más
profundos: sólo queda en pie el cascarón de cemento
que le da soporte físico.
Pero, como acierta un historiador francés, la ciudad
tiene necesidad de recordar
pues “su porvenir se enraiza en su pasado”. Lo que
vale para la ciudad, también
vale para el barrio. (…)
Desde aquel pionero y ya inhallable trabajo de Francisco Romay
sobre Montserrat
hasta aquí, no fueron demasiados los intentos de rescate.
Su condición de barrio
céntrico, su vecindad con el más pomocionado San
Telmo, cierta pereza de los
cronistas, pueden ser las razones de este olvido. Olvido extraño
pues éste es uno
de los más antiguos barrios de Buenos Aires, confundido
dentro de la pintura de
brocha gorda como un mosaico más del Barrio Sur. Pocos
recuerdan –entre ellos
la muda placa clavada en la esquina de Estados Unidos y Salta-
que esta última
calle (antes de San Pablo) fue el límite oeste trazado
por Juan de Garay. Durante
muchísimo tiempo fue sólo eso: “zona de
arrabales y deslindes”.
La capilla de Montserrat fue erigida en parroquia en 1769. Esos
campos, de crecidos
yuyos y pantanos, conocían aún el lento paso del
arroyuelo que caminaba por la
calle México. Parada de carretas, lugar de encuentro
y regateos, sitios de pulperías
y posadas, Montserrat fue arrabal hasta entrado el siglo XIX.
El San Telmo de la
clase
alta, abandonado a partir de 1871 por la fiebre amarilla, se
prolongaba en
partepor sus calles, aún refugio de “los compadres
y otros sujetos de averías” y
también de negros, zambos y mulatos.
Los almacenes desplazaron a las pulperías; los tranvías
y coches a las carretas;
los hospedajes a las posadas y los nuevos inmigrantes a los
antiguos pobladores.
Las celebraciones de los negros, a las que concurrían
Rosas y su hija, eran un
recuerdo en la naciente Gran Aldea. La vieja iglesia, con camposanto
pegado a ella,
dio lugar a la nueva que comenzó a existir en la fantasía
de los fieles en junio de
1859 –cuando se coloca la piedra fundamental- y luego
en la realidad seis años
después cuando se inaugura con bombos y platillos. (…)
El nuestro es un barrio que se ha escondido dentro del centro
porteño. Pocos tan
centro y pocos tan barrio como Montserrat. Esta doble condición
es apreciada y
gozada por los que tienen ojos para ver y palpar. (…)
Pocos saben, dentro y fuera
de Montserrat, que dentro de sus límites convencionales
y afectivos está la
Biblioteca Nacional *, que el propio Borges vivió en
él y que tenía apego a un
restaurán japonés pequeño *y discreto que
aún funciona. Que hay numerosos sitios
históricos encerrados en esos límites: Manzana
de las Luces, casa de Liniers, la
estatua de Rodin “ El Pensador”, el Teatro Avenida,
la antigua Casa de la Moneda,
el Cabildo, la Pirámide, el Museo Etnográfico,
muchos de los principales centros
españoles – vascos, gallegos, asturianos-; templos
importantes –San Juan Bautista,
Mater Misericordiae, San Francisco, N.S. de la Rábida-.(…)
Que un viejo templo protestante – Luis Saénz Peña
553 - sirvió para albergar a la
Botica de Bergara Leuman. Que por sus calles cruzaron tiros
los ingleses invasores,
los sitiadores de Buenos Aires en 1853, los revolucionarios
de 1880 y de 1890.
Que aquí, en México 1082, estuvo la Jabonería
de Vieytes – ahora demolida -. (…)
Que aquí vivió y sobrellevó su digna pobreza
Don Elpidio González, que de anciano
se ganó la vida vendiendo anilinas con una valijita puerta
por puerta. Que Adolfo
Alsina, otro vicepresidente, vivió en la calle Potosí
-hoy Alsina- número 1169.
Que Luisa Mercedes Levinson ambientó su novela “La
casa de los Felipes” en este
trozo de geografía porteña.
El rescate del barrio no es por mero afán pasatista,
sino para evitar que el olvido
lo reduzca a un vacío cascarón de edificios apiñados
y no en un espacio dedicado
–como diría LE CORBUSIER- al cultivo amoroso de
los hombres.
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Gregorio
Caro Figueroa
Autor
de la nota publicada
en nuestra edición gráfica
de abril de 1991
y que este editorial
reproduce, en parte.
Oriundo
de la ciudad de Salta
vivió en un edificio de
la calle Salta y Av. Belgrano
-donde todavía hoy reside
uno de sus hijos-.
Ver
más...
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*Hoy
la
Biblioteca Nacional cambió de domicilio y el Restaurant
Furusato cerró definitivamente. |
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EDITORIAL
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Letra al barrio Montserrat
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Por
la Lic. Rosa Galzerano
Responsable
de la publicación gráfica
aquí Montserrat
y de la presente
página del barrio.
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Hemos llegado hasta aquí por nuestras ganas de saber
dónde estamos.
Nos encontramos en esta geografía física, emocional
y cultural que, muy
probablemente, favorecerá nuestra cohesión interior.
Se
trata de un espacio compartido, de letras y palabras que hilvanamos
con imágenes y signos para contribuir a construir un
creciente discurrir
comunitario. El lugar que habitamos nos permite delinear algunos
caracteres
de nuestro pasado, presente y futuro; intuir y descubrir algo
de cuanto ha
sido hecho y continuamos haciendo aún hoy. Entender y
entendernos un
poco más.
El
paisaje barrial nos proporciona indicios para reflexionar sobre
nuestra
comunidad y asumir, conjuntamente, el tan famoso precepto socrático,
vigente todavía: CONÓCETE A TI MISMO. Máxima,
en mínima expresión,
que la cultura griega nos ha transmitido desde geografías
y siglos remotos.
La maravilla del lenguaje humano nos posibilita hacer esta referencia,
que trasciende épocas y espacios concretos. Nos convoca
a la letra,
a la palabra y a la comunicación que nos ayuda a pensar,
conocer, sumar
conocimiento y cultivarnos mutuamente.
Así es que comprendemos que la cultura
nos humaniza, nos reconoce
y agrega sus significados a nuestros sentidos. Promueve la competencia,
que nos hace competentes sin competir, y acentúa
la confraternidad
conveniente a la convivencia misma.
Por
mucho tiempo, el barrio Montserrat permaneció mudo y
sin palabras
que lo identificaran. Actualmente las circunstancias difieren,
y si bien,
aún persisten algunas resistencias que insisten en ignorarlo,
el barrio ya
tiene letra suficiente para ser legible y visible, tanto en
el ámbito porteño,
como en el panorama cibernético del mundo.
El barrio Montserrat de Buenos Aires ha dejado de ser un renegado.
Está y
existe inmerso en una cadena de significaciones que todavía
desconocemos,
aunque día, a día, nos pasa santo y seña.
Cada vez más, mencionamos su
nombre y admitimos sus propios atributos. Ocupa su lugar y muestra
las
características que lo asemejan y distinguen, precisamente,
de algunos muy
consagrados barrios vecinos, como puede serlo San Telmo.
Sólo reniegan de Montserrat, y de sus singulares espacios,
los buscadores
de prestigios ajenos, que ahora, cada vez más, son muchos
menos. La gran
mayoría genuina gana espacio y el presente de Montserrat
se dinamiza,
amplía y nos motiva a conocerlo, conocernos, y a reconocer
los auténticos
valores de cada cual.
Esta actualidad auspicia un promisorio futuro que, también
por estos días,
se anuncia con la salida al aire del CANAL 6 MONTSERRAT. Muy
pronto,
desde México 1484, donde se domicilian los nuevos estudios
de televisión,
se emitirán programaciones que afianzarán el posicionamiento
alcanzado por
nuestro barrio. Buenos aires y buenos augurios.
Un saludo a toda la multiplicación de la letra dedicada
al barrio Montserrat.
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EDITORIAL
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El
alma al barrio
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Por
Violeta Mora Riveira de Morán
Secretaria
de la Asociación
de Fomento Montserrat
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Cuando era niña, e iba
por la calle en compañía de mi madre, eventualmente
me sorprendía, y
no entendía muy bien por qué, ver
dormir en algún portal
a
una persona. Entonces no era común, y ni siquiera se
veía con frecuencia.
Obviamente no lo razonaba, pero lo observaba como algo extraño.
No es que
no hubiera gente sin casa, sin un elemental techo donde cobijarse
-porque
los pobres existen desde el principio de los tiempos- pero no
como en estas
últimas décadas.
Se
ven por todas partes y en todas las ciudades del mundo, sean
grandes
o pequeñas y están en urbes como Nueva York, Filadelfia,
París, Madrid y
también en Roma. Aún no hay soluciones, pero cada
vez más, el desamparo
comienza a entenderse como una problemática social de
la humanidad a la
que pertenecemos todos. En estas metrópolis se crearon
algunos paliativos
para atenuar el problema, y así se establecieron refugios
nocturnos gratuitos;
lugares a los que durante todo el año pueden recurrir
para encontrar un baño,
un plato de comida y hasta una cama limpia donde pasar la noche.
Ni
nuestro país, ni nuestra ciudad, ni nuestro barrio son
excepciones. Cada
día hay mayor número de personas durmiendo en
las calles. Sé que hay
espacios (muy pocos) que les dan albergue, aunque son lugares
de pesadilla
en todo
sentido. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, tiene disponibilidad
en hoteles de su propiedad, que son gratuitos. Esto es digno
de destacar
pero, muchos de quienes lo necesitan son personas que se incomodan
por
el ritmo de los hábitos que, imprescindiblemente,deben
aceptar. No logran
integrarse a esa forma de vida. Total: no duran allí
ni cuarenta y ocho horas.
El diálogo y la preparación previa para un traslado
se hace imprescindible.
Quienes
se encuentran en condición de indigencia carecen de TODO,
y a veces, hasta de un interlocutor que los reconozca y los
considere.
Coincidimos en que es una tarea ardua, pero se nos hace un deber
ocuparnos
e informar que existen determinados lugares, refugios gratuitos,
a los que
pueden ir si así lo desean. Sin obligación y de
a poco, es posible que acepten
este amparo. No se pretende la intervención sanitaria,
salvo en casos de serio
desequilibrio mental, porque sino se espantarían. Tampoco
complicar una
ayuda con el suministro de una dieta alimenticia balanceada.
Bastará dar
un plato de sopa de fideos, una papa, un pan y agua. Los supermercados
desechan miles de kilogramos de alimentos en buenas condiciones
que pueden
ser aprovechados para la preparación de ese plato nocturno
en los refugios.
Los que allí acudan sabrán de antemano que cuentan
con ese auxilio y que al
día siguiente deberán marcharse por la mañana,
luego del desayuno.
Estos
lugares podrían ser atendidos por un voluntariado controlado
por el
Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En cuanto a la parte
edilicia, quizá
sea ése el tema más complicado de resolver, pero
existen muchos inmuebles
abandonados u ocupados ilegalmente que podrían reciclarse
para concretar
este proyecto. El costo por supuesto no será barato,
pero también existen
grandes empresas que pueden colaborar donando distintos materiales
justificando por escrito el fin y destino de lo donado. Lo ideal
sería tener no
menos de cuatro refugios por barrio, pero si se comienza con
dos, ya sería
un motivo de festejo y eso si: deberán ser publicitados
con todas las
direcciones de los refugios y entregados a quienes viven en
las calles.
Sería un pequeñísimo comienzo de una futura
y posible integración más amplia,
ya que adquirirían para sí mismos el carácter
de colaboradores voluntarios;
anímicamente todos nos beneficiamos al sentirnos útiles
y compensados por
nuestro accionar.
La tarea implícaría contribuir a sanear y recuperar
el alma,
una empresa casi sobrehumana que no puede prescindir de nadie.
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La
supersopa
ver nota de Clarín.... |
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Por
Javier Luis Navarlatz
Permacultor
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¿Como se verá nuestro barrio Montserrat dentro de 30
ó 50 años? Imaginemos
con optimismo. Proyectemos amplios recorridos peatonales y bicisendas
arboladas, una eficiente red de transporte público, huertas
comunitaras,
árboles frutales en las calles, parques, bulevares... Brisas
de aire fresco y
una extraña cualidad que creíamos extinta: silencio.
Puede resultar ingenuo pensar en un futuro así, ya que como
viene la mano,
día a día, uno podría esperar una ciudad inundada
por el devenir del cambio
climático, y si no es inundada por agua, inundada por smog.
Está
en nosotros el cambio de un futuro gris por uno verde. Para que el
barrio,
la ciudad (hoy jungla de concreto) se convierta en un lugar apto para
el
desarrollo de nuestras vidas y de las futuras generaciones, es una
necesidad
vital, hoy urgente, respirar oxígeno y así poder pensar
claramente.
Tampoco
hay que esperar o pretender una transformación inmediata, milagrosa.
Todo puede ser paulatino: cambio de hábitos, cambio de conceptos
y en donde
nuestra acción individual es fundamental. Empezar a concientizarnos
de nuestros
espacios verdes, los pulmones de manzana, aprender a valorarlos y
cuidarlos.
Reverdecer las calles, los balcones, las terrazas. Cultivar…
Una huerta comunitaria es una estrategia urbana multifuncional. Incrementa
la
conexión de nuestra humanidad con la tierra, y sus ciclos,
a la vez que genera
múltiples lazos solidarios y propicia el autoabastecimiento
en la alimentación.
Ghandi
una vez dijo que “ Olvidar cómo excavar la tierra
y cuidar el suelo, es
olvidarnos de nosotros mismos” y ese olvido es el reflejo
a gran escala de lo que
está pasando en los campos con los monocultivos y transgénicos,
y su directa
relación con la desertificación y el calentamiento global.
Es posible incorporar cultivos en los parques y jardines, en las escuelas,
clubes
y hospitales, hasta en las terrazas y balcones. Se fomentaría
el trabajo
cooperativo en el barrio, e integraría a todos los miembros,
ya que cualquiera
tiene capacidad para cuidar la tierra.
Y a la vez, estimularía la autosuficiencia, un concepto que
no debería sonarnos
tan abstracto, sino entenderlo como un camino que nos lleva a una
realidad más
sostenible. Un sistema sostenible es aquél que puede producir
o conservar
energía suficiente a lo largo de su existencia para generarse,
y mantenerse.
Sería sencillamente un sistema que genere más vida en
vez de derrocharla. Que
recicle en vez de contaminar. Reverdecer es una actitud
integral, es vitalizar
y generar vida en las relaciones con el mundo, tanto con los demás
como con
nosotros mismos.
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Por
Violeta Mora Riveira de Morán
Secretaria
de la Asociación
de Fomento Montserrat
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Tanto de día como de noche, recorro y observo nuestra ciudad
y me digo: ¡qué
hermosa es!. Aún con todos sus defectos, es hermosa. Y esto,
no es fanatismo.
Tuve la suerte de conocer otras ciudades del llamado primer mundo,
que admiro
y a las que les guardo un cariño muy especial, pero también
admito reconocer
la belleza de Buenos Aires, de la cual, hoy sólo me propongo
destacar algo. Sus
edificios ultramodernos de Puerto Madero. Sus zonas de palacetes estilo
francés
como Palermo Chico o los entornos de la Plaza San Martín que,
a veces, parecen
transportarnos al barrio de Víctor Hugo en París y también,
los muy españoles
atributos de la Avenida de Mayo ... por citar sólo algunos.
En Buenos
Aires existe un conglomerado de estilos que favorecen y embellecen
todavía más la ciudad. Sin embargo, en todos los barrios
escucho quejas por
doquier y creo que es algo normal y natural de las grandes urbes.
No obstante,
hay un tema candente que nadie deja de mencionar: el aspecto que ofrecen
nuestras calles a determinadas horas. El poco cuidado que se advierte
en la
recolección de los deshechos y en la actividad de los denominados
“cartoneros”.
Ver basura desparramada por la ciudad y las bolsas de residuos abiertas
de
cualquier forma, suscita sentimientos encontrados difíciles
de separar y resolver.
Es difícil
atribuirnos indiferencia o despreocupación, porque se trabaja,
y son
muchas las personas que buscan en este quehacer una forma de ganarse
el
sustento, pero no entiendo el desaliño evidente en la manera
de proceder. Las
actividades pertenecen al ámbito de la higiene para lo cual,
requieren acciones
que promuevan asepsia y prevención de la salud ciudadana. Hasta
ahora, los
resultados se ven muy distantes de una elemental e inherente urbanidad.
En la
legión de trabajadores que se ocupan, hay recolectores con
muy buena
educación. Una noche, tuve oportunidad de hablar con un muchacho,
que me
llamó la atención por la prolijidad con que buscaba
en las bolsas sin romperlas,
volviéndolas a atar una vez retirado lo que deseaba y si bien
no recuerdo
como comenzó el diálogo, enseguida me di cuenta que
tenía un nivel intelectual
elevado y en un momento le pregunté, si tenía estudios
secundarios o terciarios,
a lo que me respondió que sí y que estaba para recibirse
de médico en pocos
meses. Pareciera no ser el único, sino uno de los tantos que,
trabajando tan
duramente logran un título universitario. Sé de otro
caso, relatado por una
amiga, que haciendo la misma tarea, logró el título
de abogado.
Pienso
que todos los trabajos honestos son valederos, que exigen esfuerzos
y
que nos debemos abocar a ellos con la mejor de las disposiciones posible
para
lograr la eficiencia y efectividad gratificante de la tarea cumplida.
Una buena
realización produce beneficios múltiples que acrecientan
tanto la autoestima
como el valor de lo producido.
Si todos
lográramos encarar nuestras obligaciones con dedicación
y esmero
no habría, de ningún modo, veredas cubiertas con desperdicios
que arrojan
un desagradable y hasta casi ofensivo olor. Tenemos el derecho y
la obligación de comportarnos como seres humanos, dignos y
respetables,
para convivir armónicamente en sociedad.
Cuidemos
nuestra higiene y la higiene de nuestra ciudad.
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