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Nota publicada el 16 de diciembre de 2004 en Clarín.com

 

La Ciudad


LA COMUNA ENTREGO LAS DISTINCIONES "ARTIFICES DEL PATRIMONIO CULTURAL DE BUENOS AIRES"
Premiaron el saber, el oficio y el compromiso de cuatro porteños

APASIONADOS. ANTONIO ESTRUCH, HECTOR NUÑEZ CASTRO, AQUILINO GONZALEZ PODESTA Y LUIS ZORZ, CON EL SECRETARIO DE CULTURA LOPEZ Y LA DIRECTORA ARIAS. (Foto: Lorena Lucca) LORENA LUCCA

Son un vitralista, un fabricante de soldaditos de plomo, un fileteador y el impulsor del tranvía de Caballito, todos ellos reconocidos por sus vecinos. Se los considera "tesoros humanos vivientes".


Vivian Urfeig.
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Paciencia, oficio y trabajo para mantener viva una vieja tradición. Virtudes que de la mano de cuatro personajes entrañables dejan su impronta en el patrimonio de la Ciudad. La técnica milenaria para restaurar vitrales de Antonio Estruch. El detalle de los filetes del maestro Luis Zorz. El trabajo artesanal para fabricar soldaditos de plomo que emplea Héctor Núñez Castro. Y el compromiso con el Tranvía Histórico que le lleva a Aquilino González Podestá buena parte de su vida.

Tanta dedicación se transformó ayer en reconocimiento: fueron distinguidos como "Artífices del Patrimonio Cultural de Buenos Aires" por la Dirección General de Patrimonio, en un acto que se hizo en la Casa de la Cultura.

El arquitecto Aquilino González Podestá (70) se convirtió en el alma del Tranvía Histórico de Caballito que, gracias a su impulso, los sábados y domingos de 17 a 20.30, sigue recorriendo 16 cuadras por las viejas vías del barrio. "Es el último tramo vivo de los 875 kilómetros que tenía la Ciudad", comenta el primer y único presidente de la Asociación Amigos del Tranvía. Con humor, le transmite su pasión a cerca de 20 chicos que hoy cumplen distintas funciones en lo que Aquilino llama "una empresa que con dos coches y sin cobrar boleto, tiene superávit" porque funciona a pulmón.

"Buscamos una mirada integral del patrimonio para legitimar a los generadores de conciencia que demuestran una actitud frente a los bienes patrimoniales y aportan a la identidad de la Ciudad", señala Silvia Fajre, subsecretaria de Patrimonio Cultural. Otro de los elegidos es Héctor Núñez Castro, de 55 años, que empezó a jugar con soldaditos de plomo a los cuatro. Desde entonces esas figuras diminutas se transformaron en su especialidad. En su taller de Parque Chacabuco realiza todo el proceso de fabricación, desde la escultura en masilla, el armado de la matriz, el fundido de plomo y la pintura que le lleva 15 días, como mínimo. "Los antiguos son mis preferidos, aunque cada pieza es única", comenta Héctor, que vende sus juguetes en la feria de Belgrano (Juramento y Obligado), donde recibe a coleccionistas de todo el mundo.

"Las figuras premiadas fueron elegidas de acuerdo al reconocimiento del que gozan en los barrios. Fueron sugeridas por asociaciones barriales, juntas de estudios históricos y los CGP", explica Gustavo López, secretario de Cultura de la Ciudad. "Nos pareció interesante el concepto de 'tesoros humanos vivientes', que impulsa la UNESCO basada en que los monumentos más importantes del mundo son las personas", dice Nani Arias, directora de Patrimonio (ver El valor...).

Tercera generación de vitralistas, Antonio Estruch, 63 años, del barrio Montserrat, se crió en el taller de su abuelo y aprendió el oficio desde chico. Este especialista en vitrales artísticos y arte religioso utiliza una técnica del siglo XII y entre sus obras figuran los vitrales del Centro Argentino de Ingenieros, del Colegio Champagnat, el Congreso de la Nación y "muchísimas iglesias, mi preferida es la Stella Maris", apunta. Estruch conoce a la perfección las distintas técnicas para pintar y recortar figuras: "El proceso lleva tiempo, son fases complicadas".

A Luis Zorz también le llevan tiempo sus filetes. A los 72 años, empezó a despuntar el arte decorativo típico de la Ciudad en los carros de Barracas y Parque Patricios y hoy su técnica se puede apreciar en el Tortoni o en el Homero Manzi. "El filete es hermano del tango y la milonga, nace a principios del siglo en camiones y carros, aunque ahora está presente en distintos objetos. Hasta realicé filetes en prendas de vestir", cuenta Zorz, un vecino de Villa Lugano que dicta clases "para darles herramientas a las nuevas generaciones".


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punto de vista

Sin precio
Claudia Amigo
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En estas épocas de vértigo, globalización y consumo, no es fácil encontrar personas que puedan pasarse horas pintando soldaditos de plomo, conduciendo tranvías, decorando con filetes o dibujando vitrales con la luz. Ellos son obsesivos, cuidadosos, tesoneros, asumen la pasión de lo mínimo, de lo irrepetible. Trabajan a solas en sus talleres, y al mismo tiempo se preocupan por transmitir sus saberes. Cada pieza, cada gesto, el pulso o la mirada de los artesanos se multiplican en sus obras como rastros que vivirán en el futuro. Son parte del patrimonio cultural de una ciudad, de un tiempo. Y no tienen precio.


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