El compromiso humanista de Daniel Barenboim se manifiesta, entre otras cosas, en la creación de la Orquesta del Diván Este-Oeste (West Eastern Divan) en 1999, junto al escritor estadounidense de origen palestino Edward Said, quien murió en 2003 y fue su gran amigo. La iniciativa surgió con el objetivo de reunir, cada verano, a un grupo de jóvenes y talentosos músicos, de origen israelí y árabe para que la convivencia en la educación musical se transformara en el pilar de una mejor convivencia humana de las nuevas generaciones en Medio Oriente. Para Barenboim, la orquesta es una metáfora de la sociedad y un modelo de diversidad cultural pero no tiene fines políticos, según él se ocupó de remarcar siempre.
En agosto de 2005, el director terminó sus conciertos en el Colón, con el preludio de Tristán e Isolda de Wagner, fuera de programa. Y explicó: “Cada uno de estos músicos tiene mucho coraje, porque vienen del Líbano, de Siria, de Palestina, están muchos años adelante de la opinión pública de sus países. Y tocan juntos, no porque aceptan el punto de vista del otro, sino porque lo respetan”. Y aclaró que la orquesta puede ofrecer un modelo alternativo de “por decirlo así, enemigos tocando música”.
El porqué del funcionamiento de una orquesta de estas características es que “todos somos iguales frente a una sinfonía de Beethoven, con los mismos derechos y las mismas responsabilidades”, explicó. Por la creación de esta orquesta, Barenboim y Said recibieron el Premio Príncipe de Asturias en 2002 y el de la Fundación Wolf de las Artes de Jerusalén en 2004. En 2008, después de un concierto en Palestina, Barenboim aceptó la ciudadanía palestina honoraria. Así se convirtió en el primer hombre del mundo con ciudadanía israelí y palestina. Esa aceptación es un gesto para buscar la paz.
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Israelíes y palestinos. Fanáticos de la música clásica y gente que iba a un concierto por primera vez. Todos ayer fueron iguales ante la batuta de Daniel Barenboim, que dirigió a su orquesta West Eastern Divan durante una hora a todo Beethoven. Sólo le habló una vez al público, cuando hacía una prueba de sonido. Pidió silencio para poder ensayar y advirtió con simpatía: “Aprendan a aplaudir como se debe a una orquesta como esta”. Las más de 40.000 personas que coparon la 9 de Julio lo siguieron con devoción. El agradeció sonriente y, después del concierto, afirmó: “Esto fue una inyección de felicidad para todos”.
“Es increíble. Hace cuatro años que aprendí a tocar el violín en una de las orquestas de las Zonas de Acción Prioritaria y nunca pensé que iba a actuar en el mismo escenario que Barenboim”, se emocionó Jessica Carrillo (16), de Villa Lugano, una de los 70 integrantes de la Orquesta Típica El Porvenir. “Siento nervios y alegría”, confesó su compañera Araceli Blacutt (17). Esta orquesta, formada por chicos en situación de vulnerabilidad social, fue la encargada de abrir el concierto a las 15, con clásicos del tango como Gallo Ciego.
Para entonces, las 8.000 sillas que había dispuesto el Ministerio de Cultura porteño para los primeros en llegar estaban ocupadas hacía rato. Norma y sus hijas Silvana y Gimena llegaron a las 12.30 y pudieron ubicarse en primera fila. “Nos encanta la música clásica y en especial Barenboim”, contaron. Algo más atrás estaba Miguel Valdés, un músico de 61 años que recordó: “Cuando Barenboim ofreció un concierto en este mismo lugar el 31 de diciembre de 2006, yo colaboré con el armado del escenario. Hoy vuelvo como espectador”.
A las 15.24, cuando la temperatura superaba los 24 grados, la gente recibió a Barenboim y los músicos israelíes y palestinos de la West Eastern Divan Orchestra con una ovación. Después hubo un silencio expectante y muy inusual en un lugar como el Obelisco. Sólo fue quebrado por las primeras notas de Leonore III, la obertura de Fidelio, la única ópera de Beethoven.
“La cultura cambia y mejora la vida de las personas –reflexionó el ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi–. En este caso no sólo la del público, sino la de quienes están sobre el escenario: chicos de Villa Lugano o Soldati, palestinos e israelíes. Cuando apostás a lo más alto del espíritu humano y ofrecés excelencia, la gente la toma”.
En un sector VIP había funcionarios, como el jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta, y los ministros de Hacienda, Néstor Grindetti, y Espacio Público, Diego Santilli. Y también famosos, como Kevin Johansen, o el bailarín Iñaki Urlezaga, que comentó: “Barenboim le imprime frescura a la orquesta. Es muy académico, pero no ortodoxo. Y logra que la música se escuche viva, como si fuera ejecutada por primera vez, y no como una pieza de museo”.
El llamado inicial de la Sinfonía N° 5, la más popular de Beethoven, fue reconocido al instante por la multitud, que escuchó cada movimiento con más silencio reverencial. Miles de personas también siguieron el concierto por televisión: TN, C5N y América lo transmitieron en vivo.
Tras una hora de música, Barenboim y su orquesta se despidieron con varias reverencias. La gente aplaudió de pie y reclamó un bis con el cantito de “Oh, oh, oh, oh, oh”. Pero no lo hubo. “Después de la 5° Sinfonía no se puede tocar un bis”, explicó el director más tarde.
“Fue muy cortito, pero me gustó mucho la pasión que él metía en la música”, comentó Jesús Camacho, de 20 años, un empleado gráfico de González Catán que fue con su hermana Daiana y su cuñado Javier. “La verdad es que vinimos sin saber bien qué era esto, pero nos encantó. Ojalá se repita”, dijeron.
“¿Qué le pareció la respuesta del público, maestro?”, atajó un periodista a Barenboim cuando bajó del escenario. “Muy fría, no aplaudieron, no vino nadie”, bromeó él. Estaba conmovido, señalando a lo lejos la calle Arenales, donde nació, y recordando su debut ante el público, a los 7 años, hace exactamente seis décadas.
Barenboim también se puso serio para dar varias definiciones. “En vez de lamentarse de que no tienen dinero para apoyar la cultura, los Gobiernos tendrían que invertir en educación musical”, aseguró. “Esta orquesta prueba que se puede vivir sin estar de acuerdo. No tenemos un consenso aquí, pero los músicos han aprendido a vivir escuchando al otro y cuando tocan son uno”, sostuvo. Y se refirió al “maldito” conflicto palestino-israelí: “No es militar ni político, sino humano. Hay dos pueblos profundamente convencidos de que tienen el derecho de vivir en el mismo pedacito de tierra. Yo creo que ahora los palestinos tendrían que declarar unilateralmente el estado palestino, para que éste sea reconocido y pueda negociar en pie de igualdad con Israel”.
La avenida se fue vaciando de a poco. A las 17, sólo quedaban algunas personas en la tarde espléndida. Alicia, que seguía en su silla playera: “Fue una experiencia muy linda escuchar a esta orquesta al aire libre y con tanta gente. La mayoría no era experta en música clásica, pero participó con mucho respeto. Un día inolvidable”. |